Trampas y trucos de la traducción en Articulate Storyline

Hace algunos meses Juan, un empresario conocido de un amigo que comercializa equipos de fibra óptica, se decidió a capacitar a su personal en otro idioma. Entonces, tomó su curso básico de aprendizaje tipo e-learning creado en Articulate Storyline y consultó con el soporte técnico cómo debía proceder para realizar la traducción.

Muy amablemente le explicaron que debía ir al botón superior izquierdo, luego a “Traducir”, “Exportar” y el programa le solucionaba prácticamente todos sus problemas: El texto a traducir se copió y exportó en un archivo de Word a dos columnas en donde su traductor de confianza iba a poder introducir el texto en el idioma de destino. “Maravilloso”, pensó. “Esto, realmente, es todo lo que necesito para que el archivo quede perfecto de forma muy sencilla”.

Sin pensarlo demasiado le pidió a su secretaria (llamémosle María, para que esta historia sea más familiar) que busque quién podría traducir este archivo de Word. María entonces le ofreció hacer el trabajo en su tiempo libre de oficina, ya que era un par de idiomas que manejaba a la perfección por ser traductora. Todo marchaba sobre rieles, “no solamente fácil, sino económico” pensó Juan.

Le envió entonces el archivo de Word a dos columnas, que desgraciadamente María no pudo abrir. “¡No hay problema!” le dijo muy entusiasmado, al mismo tiempo que generaba otro archivo de Word que reenvió inmediatamente. Esta vez sí, ella lo pudo abrir y se abocó inmediatamente a la traducción correspondiente. Terminó el archivo en unos días y le devolvió el trabajo terminado, ansiosa de ver cómo quedaba este curso en el idioma de destino.

Al día siguiente, Juan llamó a María por el intercomunicador con voz temblorosa. Estaba desesperado, ya que no lograba importar el archivo a dos columnas en el programa. Se sentaron frente a la pantalla de la computadora con la misma ansiedad de dos adolescentes que juegan en red por primera vez y entonces, trabajando entre los dos, se dieron cuenta de que él tenía dos archivos generados en su computadora. Increíblemente lucían iguales, pero el tamaño del archivo era distinto. Claro, tenía dos archivos porque cuando la primera vez María no pudo abrir el que le envió, él generó un segundo archivo para enviar, que se guardó en una carpeta distinta.

Sospecharon que esto tenía algo que ver, así que hicieron un copiado y pegado en el archivo original (el que generó primero) y nuevamente, intentaron la operación. Sin éxito una vez más. Pero, ¿cómo puede ser, si esta vez es efectivamente el archivo correcto? Allí en solamente tres horas más, se dieron cuenta de que el programa generó el archivo en una carpeta distinta al que ahora lo contenía. Entonces copiaron el archivo a la carpeta original y… ¡voilà! Ahora sí, funcionó.

A los dos minutos estaban viendo el curso publicado. Sin embargo sospecharon que algo andaba mal cuando el curso, presentado en inglés, comenzó a tener un audio instructivo en español. “Pero claro” dijo Juan: “¡Olvidé que tendremos que hacer también las pistas de audio en el nuevo idioma, es solamente un detalle!”. María, a esta altura, ya sospechaba que estos detalles iban a hacer un poco más lento el proceso de lo que él esperaba.

Luego de dos días más, la chica logró conseguir un locutor disponible que le proporcionara el material que su jefe necesitaba para incluir en su curso. La tarea de reemplazar las pistas de audio originales, volvió a ser algo que los complicó en su camino. Nuevamente con la ayuda del soporte técnico (esta vez pagando el adicional que corresponde por el asesoramiento) pudieron completar el proceso y comenzaron con la publicación. Lo comenzaron a mirar nuevamente, esta vez con el entusiasmo de dos niños de 10 años que están por entrar al cine a ver su primer episodio de Star Wars. Frustrados se quedaron los dos niños, al darse cuenta de que las viñetas habían cambiado completamente su estilo en el proceso. “Bueno, tampoco es tan grave” se convenció Juan. Al final, era solamente una cuestión de estilo y nada impedía la comprensión del texto y del curso en sí. María sospechaba que Juan se estaba comenzando a poner impaciente, ya que directamente le pidió que no lo molesten por un buen rato y que se iba a concentrar en el trabajo para poder dejar este contenido “de una buena vez” correctamente traducido.

Al día siguiente, este buen hombre llamó a la secretaria nuevamente, pero esta vez ya estaba desesperado. “¡Esto de las viñetas no termina más!”, bramó al teléfono. “¡Ya tengo a la gente esperando su nueva capacitación, y ahora aparece texto sin traducir!” fue su lamento.

Esta vez, luego de trabajar dos horas en el archivo, ella recordó que un amigo del hermano se dedicaba a este trabajo. Ese amigo soy yo, por lo que esa misma tarde recibí su llamada: “¿Diego? Tenemos un pequeño archivo para traducir…con algo de urgencia aquí. ¿Podremos tenerlo…para mañana?”

La oficina de Juan está bastante cerca de otro cliente que yo estaba visitando, así que los fui a ver en menos de dos horas. Ya trabajando en su oficina, me pude abocar un poco más a ver cuál era el problema y descubrí enseguida que el texto que aparecía sin traducir estaba incrustado en un archivo Flash, a la vez incluido en una de las filminas. Entonces le pregunté en dónde estaban los originales de este archivo. “¿Originales?” casi llorando, me preguntó Juan. “Claro, los archivos .swf que dieron origen a este Flash” le dije con inocencia, pensando que él entendía lo que necesitaba para realizar este tipo de trabajos.

El efecto fue el mismo que el que hubiese logrado pidiéndole los certificados de vacunación del abuelo fallecido en la segunda guerra. Nadie en la oficina tenía idea de dónde podrían estar esos archivos…

En ese momento María se dio cuenta también (a dos semanas prácticamente de la fecha de comienzo de este proyecto tan sencillo) que los archivos de Word no tomaban para traducir el texto de los botones. Es decir, además de las imágenes en Flash sin traducir, también seguían en español los botones de “seguir”, “cancelar”, etc.

Allí fue que decidí tomar el toro por las astas y enviar directamente este proyecto a nuestra oficina. Nuestros diseñadores recrearon el flash en un par de días, le dieron forma al proyecto y me lo presentaron. Revisamos algunas cosas y al tercer día, Juan ya tenía la presentación lista para ser utilizada.

El proyecto finalmente quedó muy bien y Juan (si bien presentó su curso algo tarde) impresionó a la gente de su empresa con el curso nuevo.

Actualmente Juan y yo somos bastante cercanos, y cada vez que se decide a traducir un nuevo curso de e-learning… nos lo envía para traducir y mientras tanto se dedica a cuidar su empresa. Nosotros encontramos en los cursos de e-learning una opción muy poderosa para transmitir conocimiento a la organización y a la vez nos especializamos en proporcionar una solución integral que combina traducción de textos, audio, diseño y testing para proporcionarle a nuestros clientes un trabajo terminado “llave en mano” y sin preocupaciones. Una solución para que, claramente, todos ganemos.

Los comentarios están cerrados.